El lago Starnberg o mar de Baviera es el último reposo de Luis II, el rey megalómano de los palacios y castillos, entre los que destaca el símbolo de Walt Disney
Neuschwanstein o el castillo de Disney para sentirse princesa en Baviera

Da igual los años que pasen, que dejes de creer en princesas de cuento, que odies las reales… los personajes de Disney siempre nos retrotraen a nuestros más felices e inocentes años, los de la niñez. Cuántas veces hemos soñado con visitar los castillos y palacios de nuestras heroínas de infancia y recorrer sus inmensos salones cubiertos de espejos. Y cuántas veces esos castillos de algodón se deshacen al despertarnos.
Pero no siempre. Ese castillo de torres redondeadas y mágica silueta que marca el inicio de cada película de Disney… existe realmente. Y está en el corazón de Europa, en una remota montaña de Baviera, a los pies del Tirol. Y quizás es un castillo de cuento, porque su rey también lo fue.
Excéntrico y genial, Luis (Ludwig) II de Baviera fue un enamorado de las artes, que patrocinó en todos sus ámbitos. Contemporáneo de Wagner, sucumbió a él en la presentación de Lohengrin y desde entonces se convirtió en su entusiasta mecenas.
Absolutista en su idea de gobernar el hoy mayor estado de Alemania, en su vida fue sin embargo un hombre vulnerable que luchó contra sí mismo y sus inclinaciones homosexuales tan mal vistas en aquella época. Sin embargo, parece ser que su figura fue (más) desprestigiada a posteriori y puede ser que la esquizofrenia e incapacidad que se le atribuyen fueran simplemente una forma de justificar el apartarlo de sus obligaciones.
Lo cierto es que, gracias a su fiebre constructora, levantó una importante industria en Baviera que aún hoy sigue en pie y que ha hecho del inmenso sur del país la zona más rica de Alemania. Pueden hacerse hermosas rutas uniendo los palacios con los que salpicó el vasto territorio que gobernaba.
Destacan Linderhof y Herrenchiemsee, a orillas del precioso lago Chimsee, al que sólo puede accederse a partir de primavera, debido a que el lago permanece helado durante todo el invierno. Pero, sobre todo, éste, Neuschwanstein. El propio Luis dirigió las obras y la producción de los materiales, todos fabricados en el reino.
Hoy, es una excursión obligada desde Múnich. El tren traquetea hasta acercarnos a Füssen. Desde ahí, tan cerca de Austria, emprendemos una larga caminata a pie hacia los castillos, o tomamos el autobús de línea. Primero nos toparemos con el amarillo y cuadrado Hohenschwangau. Después, si seguimos ascendiendo… ante nosotros aparecerá la familiar silueta de Neuschwanstein. Si las imágenes que venden los puestos de souvenirs lo muestran en todo su esplendor primaveral, impactante fue verlo cubierto de nieve. Los únicos peros que puedo ponerle a la época en que lo visité fueron… las obras y que la nieve impedía el paso a Marienbrück, al fondo, que me hubiera permitido tener la vista trasera del castillo de todas nuestras fantasías.
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Volver a la inocencia en la selva peruana

Quedan aún lugares donde parece que lo que hoy conocemos por «civilización» aún no ha arrasado costumbre, tierras y personas. Quizás sea difícil encontrarlos o quizás simplemente pensemos que no nos apetezca hacerlo, que pueden ser sitios hostiles o peligrosos, precisamente porque tememos no saber cómo afrontar el choque cultural.
Sin embargo, la paz que nos inunda cuando embarcamos en Iquitos hacia las entrañas del río más caudaloso del mundo nos hace pensar que todo lo malo lo vamos dejando atrás. Y de alguna forma, así es.
Llegaremos a la aldea de Santa María de Ojeal, donde los niños aún juegan entre la hierba, donde no hay paradas de autobús, sino embarcaderos, donde se sigue el ritmo que marcan el sol y las tormentas. Allí dormimos en bungalows sin luz eléctrica, acostándonos al atardecer, cantando de la mano mientras nos mecíamos en las hamacas. Esas hamacas, envueltas en los ruidos de pájaros e insectos amazónicos, en los gritos de los monos que trepaban por las paredes, traen a mi memoria la más sublime sensación de remanso y protección del mundo que tuve en muchos días. Aún hoy, cuando pienso en cuánto me gustaría escaparme por un momento de los problemas, mi mente vuelve a mecerse en aquellas hamacas.
En el poblado de los indios yaguas, aprendimos a cazar con pucana (cervatana artesanal), a reconocer los frutos de la jungla -como la mantequilla vegetal-, a pescar pirañas y a extraer el jugo de caña de azúcar para elaborar aguardiente. Bailamos las danzas ancestrales y nos encandilaron las sonrisas de las preciosas niñas indígenas.
Aprendimos que no sólo hay delfines de río, sino también delfines rosas, abrazamos a un oso perezoso y observamos -yo con asco, cierto es- la temida anaconda. Saltamos entre monos y nos empapamos con los aguaceros. Fuimos niñas por tres días, lejos del alcance de otros animales más peligrosos que nos acechaban a la vuelta.
En Iquitos, escapábamos de las hordas de triciclos y serpenteamos entre las calles levantadas por las obras. En la ciudad de Pantaleón y las visitadoras, el calor húmedo es insoportable en las horas centrales del día, pero lo esquivábamos comiendo chifles (snack de plátano frito) y campeonando al futbolín en el muy querido Flying Dog Hostel. En sus paredes han quedado nuestras firmas y dedicatorias, conscientes de que durante mucho tiempo no íbamos a conocer la pureza de aquella sociedad sin malograr.
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Salta la Linda

Las ciudades están hechas de casas, edificios, monumentos, puentes, estatua… Decía el tanguero uruguayo Quintín Cabrera que «las ciudades son libros que se leen con los pies». Por eso voy a empezar esta microbiblioteca digital con Salta, probablemente el libro más bello y que más personajes principales ha traído a mi vida.
La llaman ‘La linda’ por su extraordinario casco histórico, único en Argentina y más similar a los de las joyas del colonialismo español, como las ciudades peruanas. Las casonas nos muestran las balconadas andaluzas que llevaron los primeros descubridores. Y las iglesias, los monasterios y la catedral reproducen los mejores patrones del estilo arquitectónico que dio en llamarse «colonial» y que supone una evolución del barroco europeo. La catedral, la más antigua de Argentina, combina los colores pastel como una bella tarta de fresa que preside la concurrida plaza-parque del 9 de Julio.
Sin escapar al damero propio de las ciudades del nuevo mundo, la mayor antigüedad de Salta con respecto a otras grandes urbes ha dejado en su plano alguna esquina desigual que le da una personalidad especial. También está condicionada por la orografía. Presidida por el cerro de San Bernardo, la subida en teleférico para contemplar a La Linda desde lo alto es una visita obligada. Perderse por los serpenteantes caminos en la suave bajada es una búsqueda constante de las frescas sombras. Porque Salta vive inmersa en una eterna primavera, quizás demasiado calurosa y seca en verano.
Salta tiene personalidad propia con respecto a lo que se conoce de cara al exterior de Argentina. Muy lejos de Buenos Aires, Rosario, Córdoba, Mendoza o la inmensa Patagonia, comparte con estas dos últimas la interminable cadena de Los Andes. Vemos por sus calles mucho más mestizaje y amerindios que en el centro y sur del país, más europeizado. Y también sus costumbres son diferentes. La música es eminentemente andina y puede disfrutarse en los bares típicos de la ciudad, las peñas. La calle Balcarce ofrece una cada cinco metros. Da igual el día de la semana, la noche nunca acaba en una de las arterias con más vida nocturna de toda Argentina.
La gastronomía, entre andina y criolla, nos deleitará con las mejores empanadas argentinas. Recomendables por suponer para los europeos un exotismo, son las empanadas de carne de llama, el animal por excelencia del altiplano. Siempre regado todo por un buen vino. No será salteño, sino de Mendoza, pero el Malbec es el orgullo líquido del país.
Salta está regada de buenos hosteles y baratos. Siguiendo la recomendación de Santa Lonely, acabé en El Correcaminos. Una de las decisiones más acertadas de mi vida. Patio con billar y parrilla para disfrutar de un asado entre todos los huéspedes. Eso no se lo puedo asegurar al siguiente viajero, y fue lo que probablemente hizo de Salta esa ciudad tan especial para mí: los huéspedes y aún hoy amigos que confluimos en El Correcaminos.
Dice otra de mis frases de canciones, ésta compuesta por Joaquín Sabina, que «al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver». Él lo comprendió en Comala; Ana Belén, en Macondo. Yo creo que, a pesar de que me robó el corazón, jamás volveré a Salta. Pero quien no haya tenido la suerte de conocerla, debería dedicarle unos días de su vida, que quizás le marquen, como a mí, el resto de esa vida.