Visegrad, un puente sobre el Drina

Bosnia y Herzegovina, un país de fronteras marcado por las guerras culturales

Supongo que cuando alguien en el inicio de la adolescencia, más sensible que nunca a las injusticias del mundo, almuerza cada día con los bombardeos sobre Bosnia y Herzegovina, es lógico que crezca en su interior una profunda corriente de simpatía y solidaridad hacia ese país sufridor. Eso me ocurrió a mí, y por ello la más castigada de las repúblicas exyugoslavas siempre había estado en mis quinielas estivales hasta que al final conseguí visitarla.

El título de este post está muy lejos de ser original. Es el título del libro más conocido del único Premio Nobel bosnio, el escritor Ivo Andric. En él, en solo un par de cientos de páginas, recorre un milenio de la Historia de una eterna ciudad frontera, Visegrad.

El puente medieval sobre el Drina, testigo de la historia de los Balcanes en Visegrad

El majestuoso puente medieval que levita sobre el Drina ejerce de involuntario protagonista silencioso de las atrocidades que ha vivido el límite entre oriente y occidente, entre austrohúngaros y turco-otomanos, entre cristianos y musulmanes, entre bárbaros de un sitio y bárbaros del otro.

Lo que no consiguió el célebre puente de Móstar, sobrevivir a las esperemos últimas guerras balcánicas, lo logró la maciza pasarela pétrea de Visegrad. Merece la pena rodar un par de horas en la más absoluta de las soledades desde Sarajevo hacia el este, hacia la frontera con Serbia, sólo para observar el manso Drina sobre el balcón del puente.

Y recordar, mientras nos recorre un respingo la columna vertebral, las escenas de ajusticiamientos y brutales empalamientos que tan magistralmente retrata Andric.

Visegrad, ciudad-frontera con Serbia, hoy

La hoy tranquila ciudad ofrece poco más, más allá del busto del escritor, orgullo patrio, o algunos de los escenarios donde se desarrolla la novela, como el viejo hotel. Sin embargo, la mera observación del lento devenir de la vida en Visegrad vale la jornada.

En esta mitad de Bosnia y Herzegovina, y mucho más tan cerca de la frontera norte, no veremos ondear en los balcones la blanca bandera apenas adornada con el escudo amarillo, sino únicamente el pendón serbio. Desaparece el alfabeto latino y leeremos los carteles en cirílico. Y nos preguntaremos, al volver al sur y encontrarnos las banderas croatas, qué lugar le queda realmente al país que oficialmente es, Bosnia y Herzegovina.

Habitantes amables y hospitalarios hasta lo impensable, territorio virgen durante kilómetros, limpio de autopistas, de hoteles, de hosteleros hablando inglés… te apetece preguntarle a las piedras milenarias del puente sobre el Drina si las heridas están realmente cerradas o los Balcanes volverán a bramar con toda su crueldad algún día.

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