El «cementerio feliz» de Sapanta, en el norte de Rumanía, donde la señal de teléfono ya es la de Ucrania, es uno de los lugares más curiosos para visitar en el país. En la región de Maramures, la más tradicional y rural, el cementerio donde se celebra la vida que llevaron los muertos es visita obligada.
Categoría: Europa
Qué ver y visitar en tus viajes a Europa
Trakai, la herencia turca de Lituania
La antigua capital lituana, Trakai, fue fundada por turcomanos y su herencia cultural persiste. No obstante, su mayor atractivo, el castillo en mitad de las aguas del lago Galvé, es obra del héroe nacional, Gediminas.
Lefkosía o Nicosia: ciudad dividida que me robó dos veces el corazón
Nicosia, Lefkosía en su denominación original, que significa blancura, es la única ciudad de Europa que aún está dividida como lo estuvo Berlín por décadas. Con sus dramas y cicatrices, Lefkosía es una ciudad sobrecogedora y hermosa.
Jurmala, la mejor playa de Letonia en el gélido mar Báltico
Jurmala, la playa más concurrida de Letonia, es en el ocaso del verano un hermoso arenal de aguas mansas y calles desiertas.
Bratislava, la cenicienta imperial
Bratislava, la pequeña capital de Eslovaquia, es la menos conocida de todas las capitales imperiales. Pero aúna un coqueto centro histórico con peculiares edificios herencia del megalomanismo soviético.
Un cuento medieval en Chester

Parece mentira que, a media hora del corazón industrial de Inglaterra, rodeada de ciudades plagadas de fábricas y humos, aparezca esta coqueta villa en la que se echan de menos los carros tirados por bueyes y los fajos de cebada en la plaza.
Porque en Chester, con sus estructuras y fachadas de madera, sus pronunciados tejados a dos aguas, la reluciente blancura y las calles adoquinadas, podemos pensar que paseamos por la Inglaterra de Shakespeare.
Cerquita de Gales, las murallas romanas y medievales enmarcan un precioso centro histórico coronado por la catedral y el puente. Sus cuatro calles principales siguen siendo las mismas desde la fundación romana, a principios de nuestra era.
La ciudad ha dado a Inglaterra ciudadanos ilustres, como Michael Owen o Daniel Craig, pero también ha contribuido a la historia de su país, pues fue, por ejemplo, una de las últimas ciudades que cayó ante los normandos, dio nombre a una importante batalla contra los bárbaros en los inicios de la Edad Media y fue uno de los centros más importantes de la Revolución Industrial.
Tan cerca de Liverpool, esta ciudad es sin embargo diametralmente opuesta a la villa natal de los Beatles. A su encantadora ciudad vieja se une los parques. Es la ciudad más hermosa y con más encanto de Inglaterra. Y aunque la recorramos en una hora, la misma calle es diferente en cada paseo.
Malmö, más allá del arcoíris
Malmö, capital de Escania, la provincia más sureña de Suecia, goza por ello de un clima más benévolo y soleado. Cuenta con un acogedor centro histórico surcado por canales y con construcciones modernas como la espectacular torre de viviendas «Turning Torso», de Calatrava, o el puente sobre el estrecho de Öresund que la une con Dinamarca.
San Vito lo Capo, la mejor arena de Sicilia
En una esquina de Sicilia, perteneciente a Trapani y cercana a la capital Palermo, San Vito lo Capo nos ofrece la mejor arena y la mejor postal de la isla.
El lago Starnberg o mar de Baviera: el fin de los pasos del pobre niño rico Luis II
El lago Starnberg o mar de Baviera es el último reposo de Luis II, el rey megalómano de los palacios y castillos, entre los que destaca el símbolo de Walt Disney
Neuschwanstein o el castillo de Disney para sentirse princesa en Baviera

Da igual los años que pasen, que dejes de creer en princesas de cuento, que odies las reales… los personajes de Disney siempre nos retrotraen a nuestros más felices e inocentes años, los de la niñez. Cuántas veces hemos soñado con visitar los castillos y palacios de nuestras heroínas de infancia y recorrer sus inmensos salones cubiertos de espejos. Y cuántas veces esos castillos de algodón se deshacen al despertarnos.
Pero no siempre. Ese castillo de torres redondeadas y mágica silueta que marca el inicio de cada película de Disney… existe realmente. Y está en el corazón de Europa, en una remota montaña de Baviera, a los pies del Tirol. Y quizás es un castillo de cuento, porque su rey también lo fue.
Excéntrico y genial, Luis (Ludwig) II de Baviera fue un enamorado de las artes, que patrocinó en todos sus ámbitos. Contemporáneo de Wagner, sucumbió a él en la presentación de Lohengrin y desde entonces se convirtió en su entusiasta mecenas.
Absolutista en su idea de gobernar el hoy mayor estado de Alemania, en su vida fue sin embargo un hombre vulnerable que luchó contra sí mismo y sus inclinaciones homosexuales tan mal vistas en aquella época. Sin embargo, parece ser que su figura fue (más) desprestigiada a posteriori y puede ser que la esquizofrenia e incapacidad que se le atribuyen fueran simplemente una forma de justificar el apartarlo de sus obligaciones.
Lo cierto es que, gracias a su fiebre constructora, levantó una importante industria en Baviera que aún hoy sigue en pie y que ha hecho del inmenso sur del país la zona más rica de Alemania. Pueden hacerse hermosas rutas uniendo los palacios con los que salpicó el vasto territorio que gobernaba.
Destacan Linderhof y Herrenchiemsee, a orillas del precioso lago Chimsee, al que sólo puede accederse a partir de primavera, debido a que el lago permanece helado durante todo el invierno. Pero, sobre todo, éste, Neuschwanstein. El propio Luis dirigió las obras y la producción de los materiales, todos fabricados en el reino.
Hoy, es una excursión obligada desde Múnich. El tren traquetea hasta acercarnos a Füssen. Desde ahí, tan cerca de Austria, emprendemos una larga caminata a pie hacia los castillos, o tomamos el autobús de línea. Primero nos toparemos con el amarillo y cuadrado Hohenschwangau. Después, si seguimos ascendiendo… ante nosotros aparecerá la familiar silueta de Neuschwanstein. Si las imágenes que venden los puestos de souvenirs lo muestran en todo su esplendor primaveral, impactante fue verlo cubierto de nieve. Los únicos peros que puedo ponerle a la época en que lo visité fueron… las obras y que la nieve impedía el paso a Marienbrück, al fondo, que me hubiera permitido tener la vista trasera del castillo de todas nuestras fantasías.