Bratislava, la cenicienta imperial

Puente SNP o Nový Most, conocido popularmente como "puente ovni", que une Bratislava vieja y nueva

Bratislava, la cuarta ciudad imperial, vive a la sombra de Praga, Viena y Budapest

A media hora de Viena, a dos de Budapest y a tres de Praga, la pequeña Bratislava queda eclipsada entre tanta fastuosidad. Pocos son los que se animan a gastar un día recorriéndola. Su suerte turística, no obstante, cambió con la llegada de las compañías de bajo coste. El falso nombre de su aeropuerto, Vienna-Bratislava, provoca que muchos de los viajeros tomen la lanzadera a la capital austriaca sin parar siquiera en Eslovaquia. Pero otros deciden darle una oportunidad.

No es ninguna idea descabellada tomar Bratislava como campamento base si se decide dar una vuelta por todas las ciudades imperiales. El alojamiento es mucho más asequible que en Viena y las conexiones de trenes son envidiables. Es parada del eje Hamburgo-Belgrado, que recorre toda Centroeuropa. Por ello, Bratislava dispone de varias frecuencias diarias a Praga y Budapest, y muchas más conexiones a Viena.

Bratislava, en el corazón de Europa, paga aún su aislamiento por décadas

La estación central puede parecer siniestra en un primer vistazo; pero, guardando la prudencia conveniente en cualquier viaje, tranquiliza recordar que Eslovaquia es el país europeo con el menor índice de criminalidad. Aun así, una cuidada observación del vestíbulo nos deja bien claro quiénes son los carteristas organizados. La estación está un poquito lejos del centro, aunque prácticamente en línea recta.

Los edificios que separan ambos puntos nos trasladan a los decadentes años noventa de la Europa del Este. A pesar de quedar en pie algunas construcciones de épocas anteriores, es tal el abandono al que están sometidas que parece que atravesamos una ciudad fantasma. Y mejor llevar un buen mapa, porque es del todo improbable que alguien desde la estación sea capaz de dirigirnos al centro de la ciudad en inglés, español o alemán.

En ese momento, te das cuenta de cuán alto e impenetrable fue el Telón de Acero, que separó por décadas las dos capitales de países más cercanas del mundo, de tal forma que ni las cuatro fórmulas básicas del alemán penetraron en Eslovaquia. Solo las generaciones más jóvenes te entenderán en ese idioma; con los mayores, nada más que te salvará el ruso.

Buscar las cuatro estatuas camufladas en un paseo por el centro de Bratislava

Aparte de un bonito y muy pequeño centro típico de la vieja Europa, destaca en Bratislava un castillo que domina cada rincón, el encanto de los tranvías y las cuatro estatuas con las que jugar a “¿Dónde está Wally?”. Las encontrarás mientras paseas por la zona peatonal, camufladas entre la gente.

Es divertido marcarse el reto de fotografiarse con todas ellas. Un soldado napoleónico apostado en un banco nos espera en una de las plazas más recoletas de la ciudad; un fotógrafo acecha parapetado en una esquina; un decimonónico galán trasnochado se quedó petrificado ofreciéndole su rosa y su sombrero a una dama que no ha salido a su balcón en décadas; y, el más simpático, el obrero que, en su descanso, se asoma bajo la tapa de una alcantarilla para vigilar a los paseantes con disimulo.

Nový Most o puente SNP, en realidad “el puente ovni” entre la Bratislava vieja y nueva

Mucho menos bucólicas, pero símbolo actual de Bratislava son las dos construcciones megalómanas de época soviética: la titánica pirámide invertida que alberga la radio nacional y, sobre todo, el puente que une la ciudad antigua con los barrios obreros por donde se expandió desde mitad del siglo pasado.

Llamado oficialmente Puente SNP (por us siglas en eslovaco de “Puente de la Insurrección Eslovaca”), se conoce popularmente como “puente ovni”, y no les falta razón. Pareciera que una nave espacial está a punto de abducir el Danubio, que en la mínima Bratislava no parece tan azul. Su otra denominación es Nový Most o Puente Nuevo.

Ocio nocturno diferente y asequible

Los vuelos baratos han convertido a la capital eslovaca en destino común de las despedidas de solteros de los italianos. El Kyjev, un mastodóntico edificio al lado del centro, ofrece cientos de habitaciones a precios más que asequibles. Un viejo coche en el vestíbulo ayuda a que nos sintamos aún más cerca del pasado. Debajo, un supermercado a cuya salida quisieron entrevistarme para opinar sobre la subida del IPC (o eso quise entender).

Para disfrutar de la noche, incluso entre semana… el KGB. Mi enésima foto con una estatua de Lenin me la tomaron tres majísimos murcianos que conocí en un tren con retraso tras atropellar a un suicida en algún punto de Alemania. Volvíamos de Praga, ellos se asustaron cuando alguien les pidió un paracetamol en español. Yo les devolví el favor sacándolos de la estación central sin caer en la estafa de los taxistas y haciéndoles un tour guiado por la que ya consideraba mi ciudad. No en vano, su calle principal se llama Laurinska.

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