Arkoudillas, la playa más hermosa de Corfú

Playa de Arkoudillas, recóndita en el sur de la isla, la más hermosa de Corfú

Arena, aguas limpias y claras, y soledad: la mejor playa de Corfú

Y es mucho decir. Y seguro que otros preferirán otra, porque por haber, en Corfú hay un puñado de playas de todos los estilos o de estilo único que serían la más hermosa en cualquier otro lugar. Pero Arkoudillas tiene lo mejor de todas sin el defecto de algunas. Porque, si pensamos en una playa ideal, no la esperamos de incómodos guijarros que te agujereen la espalda y las plantas de los pies, por impactante que pueda quedar a nuestros ojos; tampoco en una masificada, aunque reconozcamos su belleza natural y tratemos de abstraernos para imaginarla un poco menos ruidosa; ni tampoco dependiente de un barco que nos lleve y que nos traiga.

Parece mentira que Arkoudillas esté a solo dos kilómetros de la desquiciada Kavos, paraíso de la adolescencia alcohólica británica, y se mantenga prácticamente virgen y solitaria. Desde el pueblo-discoteca, un tortuoso camino sin asfaltar, pero apto para cualquier vehículo, nos conduce a esta impresionante media luna de arena dorada de unos dos kilómetros a los pies de una pared vertical de arenisca blanca estriada por la erosión y con algunos brotes de vegetación. La playa, enmarcada por el cabo Akroudoula, al oeste, y el Asprokavos, punta sur de la isla, es además un balcón hacia la vecina isla de Paxos o Paxi, cuya silueta nos acompaña en el baño. El camino puede hacerse a pie, aunque las subidas, bajadas y falta de sombra no lo hacen recomendable más que para ir temprano y volver al atardecer. Si no se tiene coche, en Kavos se alquilan quads por un solo día.

Entre el Adriático y el Jónico, nadar entre peces y practicar el nudismo en el sur de Corfú

Arkoudillas tiene una pequeña parcela de arena cubierta por hamacas y sombrillas y una caseta que hace las veces de chiringuito, pero sin altavoces con la “música” del verano que rasguen la paz de quienes vienen aquí, sin duda, a buscarla. Sus aguas son cristalinas y cálidas, las de mayor temperatura de esta isla de aguas más bien frescas para su latitud, justo al sur del Adriático, más septentrional pero más resguardado, y haciendo de frontera del Jónico, al que pertenece y que da nombre a todo el archipiélago griego de las Islas Jónicas.

A partir de esa pequeño reducto de civilización, hay un corto y solitario paseo hacia el sur, y el principal, hacia el norte, hacia donde la cresta va bajando poco a poco y te mira mientras nadas. Toda la playa es de fina arena dorada, tostada en una franja entre la húmeda de la orilla y la más clara cercana a las paredes. Pero el lecho bajo el agua sí que cambia por tramos: en unos los primeros metros son de cantos rodados; en otros, solo la entrada con una leve gravilla que se salta en el primer paso; en zonas extensas conforme nos vamos hacia el área más solitaria, completamente de arena. En toda ella, el agua es limpia y clara, con minúsculos peces en las orillas pedregosas que te mordisquean los pies; con peces mayores que se asoman a las medias profundidades, seguramente pequeñas lubinas.

Desde el agua, mirando hacia la arena y viendo la bolsa solitaria, a centenares de metros de los siguientes bañistas, la blanca pared y su línea con el cielo azul brillante sobrecoge. Parece que no hay nada más tras ella, que el mundo es esa media luna, el mar y el horizonte. Ni ropa, pues desde que terminan las hamacas en esta playa se practica el nudismo. Conforme seguimos caminando, la roca se va viendo más pelada aún, pues casi toda la vegetación está en las aristas que dan al sureste y la imagen más verde se tiene desde la entrada de la playa.

A solo un paso de Agios Gordios del sur y el puerto de Kounoula, protegida por un derrumbe

Ya llegando al extremo, una acumulación de cantos y lascas corta el acceso al último tramo de arenal. Con paciencia, se puede pasar incluso descalza, siempre hay una roca grande y plana para dar el siguiente paso. Al final del todo, comienza el cabo o akra Akroudoula, que se prolonga en un rosario de rocas hacia el mar como una cola de dragón. La carretera que unía la playa con la otra cara del cabo, el puerto de Kounoula y la playa Agios Gordios del sur, se derrumbó literalmente, por lo que cuelga, poniendo un toque de apocalipsis, a unos cuantos metros de la arena y provoca la inaccesibilidad por este extremo, que mantiene la playa en esa quietud.

A la vuelta, y ya más segura sobre el paseo de rocas, recojo para llevar a la entrada algunas botellas de plástico que nuestro querido mar, como reproche silencioso, nos devuelve a las orillas y encallan ahí. Da miedo volver a la zona de hamacas aunque sea un remanso comparada con casi todas las playas del sur de Europa en agosto. Es como despertarse bruscamente en lo mejor del sueño. Arkoudillas es el sueño en sí.

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