Sinaia, los palacios más bellos de Transilvania

Transilvania es de esas regiones que conocemos desde pequeños, aunque no sepamos muy bien por entonces dónde quedan, con un nombre tan sonoro como increíbles sus leyendas, apoyadas en muchas ocasiones en hechos y personajes que realmente existieron, pero que fueron exagerados a veces casi hasta lo grotesco.

En un país donde las comunicaciones son aún difíciles, esta región, justo al norte de Bucarest, y a cuyos núcleos más importantes se llega por vías rápidas, es la más visitada por quienes incursionan por primera vez en Rumanía o disponen de pocos días en el país carpático.

Junto a Brașov, Shigișhoara y Bran, el cuarteto de paradas obligadas lo cierra Sinaia. Aunque no encierre el mismo valor histórico y arquitectónico que las dos primeras, ni atraiga, como la tercera, por albergar el supuesto castillo del Conde Drácula, los castillos y palacios de esta ciudad más bien moderna parecen sacados de la misma Baviera de Ludwig II.

El más barroco y espectacular es el Palacio Peleș, con su resultona torre del reloj de tejados azulados sobre la monumental puerta principal. De su interior destacan el mobiliario barroco y las vidrieras; pero admirarlo desde el exterior o disfrutar de un paseo por sus jardines, atestados en verano y fines de semana, puede resultar más relajante si llegamos en un momento de pocas visitas.

Entre sus tesoros interiores, además de varias salas dedicadas al arte grecolatino, al renacentista o al morisco, podemos encontrar obras de Klimt, dos réplicas de estatuas de Miguel Ángel y una biblioteca que se mandó recubrir con cuero llevado desde Andalucía, desde Córdoba en concreto.

El castillo fue mandado erigir por el rey Carol I a finales del siglo XIX, pues esta zona de los Cárpatos era benévola para los problemas pulmonares de su hija. Al convertirse en destino favorito de la familia real, crecieron los palacios y residencias de postín de la Corte, y hasta se hizo llegar el ferrocarril desde Bucarest. A la muerte del monarca que la convirtió en ciudad palaciega, Ferdinand I mandó construir otra residencia real (Palacio Pelișor), pues Carol I había testado que el castillo se convirtiera en museo. En época comunista, tanto el Palacio Peleș como la residencia de Ferdinand, al igual que todos los edificios que los rodeaban, fueron convertidas en hogar de veraneo del megalómano Ceaușescu. El Pelișor, de cuyo interior destaca la excesivamente reluciente habitación dorada, donde la viuda María pasó nueve años recluida, es de arquitectura neorrenacentista alemana.

Sin embargo, el origen monumental de Sinaia se remonta siglos atrás, cuando Mihai Cantacuzino mandó construir aquí un monasterio fortificado que evocaba Tierra Santa. Acababa de volver del monte Sinaí y bautizó la ciudadela en su honor.

Religiosa y palaciega, Sinaia cuenta también con una típica iglesia ortodoxa, la Biserica Mare (iglesia grande, “mare”, a pesar de ser el rumano una lengua latina, lo veremos en muchos topónimos y no tiene que ver con el mar, sino “grande”). Sus cúpulas acebolladas son ligeramente más chatas de lo acostumbrado. El interior está recubierto de murales neobizantinos.

Más lugares impresionantes de Rumanía en:
https://laurifog.wordpress.com/2014/06/03/lacu-rosu-cementerio-de-arboles/
https://laurifog.wordpress.com/2012/07/15/la-alegria-de-morirse-en-rumania/

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