Grenoble y su burbujeante teleférico

La pausada Grenoble es el destino inevitable para quien va a los Alpes franceses

Cercana ya a Suiza, es una apacible capital departamental que vive a un ritmo mucho más pausado que su vecina, multicultural y bulliciosa, Lyon. Su visita suele obedecer a que es la gran ciudad alpina de Francia, y mucha gente la utiliza de campamento base para esquiar o, al menos, al llegar o irse de la zona. Aunque apenas supera los 150.000 habitantes y se trata por ello de una urbe manejable y fácil de recorrer, a su alrededor se esparcen varias villas de tamaño considerable que convierten el área en una conglomeración urbana cuatro veces mayor, puerta de entrada para pistas tan mundialmente conocidas como las de Alpe d’Huez.

A pesar de estar rodeada de macizos montañosos, Grenoble ocupa una extensa planicie atravesada por dos ríos. El Isère, de hecho, es la arteria que la atraviesa y que le da el atractivo turístico más allá de las montañas.

Modesta y cargada de historia, el centro de Grenoble esconde el pistoletazo de la Revolución Francesa

Aunque periférica y poco dada al turismo, Grenoble esconde en su centro histórico grandes capítulos de la civilización europea. Fue ciudad romana, aunque no se conserva la riqueza de huellas arqueológicas que posee Lyon, fue parte del Reino de Borgoña y capital del Delfinado después, para acabar perteneciendo a Francia desde la Alta Edad Media y ser el pistoletazo de la Revolución Francesa: en 1788, entre fuertes manifestaciones y disturbios conocidos como “Día de las tejas”, los vecinos arrojaron estas piedras a los soldados por haber disuelto Luis XVI el parlamento del Delfinado. La zona alpina tiene un fuerte componente regionalista, que cuenta con un dialecto propio, el arpitano, derivación del provenzal y que en las grandes urbes, como Lyon, ya se ha ido perdiendo.

El centro histórico muestra su composición medieval, aunque de la Edad Moderna son sus plazas ajardinadas, como el Jardin de Ville, que le dan un aspecto más centroeuropeo que Mediterráneo. La vegetación es un componente primordial en toda la ciudad, que a cada rato nos sorprende con pequeños jardincillos, medianas floridas en las avenidas o enormes maceteros que salpican las aceras más anchas y las llenan de color.

La plaza de Víctor Hugo y la de Nôtre Dame se acicalan con enormes monumentos, mientras que la de Saint André se jacta de contar con el restaurante más antiguo de Grenoble y uno de los más veteranos de Francia y toda Europa: La Table Ronde, en servicio desde 1739. La ciudad aún conserva también muchos de los equipamientos deportivos que se construyeron para los Juegos Olímpicos de Invierno de 1968.

El teleférico de Grenoble y su relación con la montaña-fortaleza de La Bastilla

Pero si hay algo que distingue a Grenoble no son ni sus plazas ni las montañas que la rodean, con cumbres nevadas en invierno, sino su teleférico. La une con la montaña-fortaleza de La Bastilla, un enclave peculiar que es eso, un monte fortificado y no una fortaleza sobre una cima. Se remonta a finales del siglo XVI, a las Guerras de Religión, y el proyecto fue creciendo en función de la dirección de los ataques que sufría la ciudad. Así, la muralla se desarrolla en varios pisos por la ladera. Por delante, protegida por el río, se realizaron menos construcciones. Es hacia atrás, donde hoy empiezan numerosos senderos de montaña, donde el esfuerzo de fosos, casamatas y hasta la rebaja de terreno para evitar el escondite, la zona que más se fortificó.

Desde principios del siglo XX, es la gran zona de ocio al aire libre de Grenoble. Sus plazas ya no viven la formación de tropas, sino que son cafés, restaurantes, escenarios de actuaciones y punto de partida de excursiones y deportes extremos. Los miradores de defensa sirven ahora para tener una panorámica, hasta las montañas del fondo, de todo Grenoble, incluida la confluencia de ambos ríos, Isère y Drac.

Para potenciar el ocio en el fuerte, ya en 1934 se puso en marcha el primer teleférico urbano de Europa, tras los necesarios de Rio de Janeiro y Ciudad del Cabo. Su objetivo fue turístico desde un primer momento. Por entonces, cuando sólo lo adinerados podían permitirse largas vacaciones, Grenoble buscaba una llamativa atracción para el turismo de cercanías y fin de semana.  En 1976, las cabinas normales del teleférico se sustituyeron por las famosas bolas que circulan hasta hoy. Son desde entonces el símbolo de la ciudad y su figura pendiente del hilo sobre el río Isère aparece en todas las postales de Grenoble.

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